sábado, 23 de mayo de 2015

Vivir, ... ¿y?

El interior de la persona, ajeno a mi vida

Yo, mi mayor enemigo





Debería de estar feliz. Feliz por vivir.

Vivimos en sociedad, somos animales sociables. Yo huyo de todos, quisiera estar vacío. Quiero estar solo. Me gustaría levantarme y estar completamente solo. Sin familia, sin amigos, sin trabajo ... solo yo. Solamente mi persona.

¿Y para qué?, pues para hablar conmigo. Para intentar entenderme. Para hacerme ver, gritarme a viva voz el daño que me hago. A diario.


No soy una persona especial. Y, hace ya tiempo que dejé de ser siquiera una persona. Soy un yonki. Lo triste ... lo más triste, es que pasarán los años y seguiré siendo un triste yonki.


Me pregunto, es más: PREGUNTO  a todas esas personas que dicen que han salido de la Heroína... que dijesen la verdad. Que se sincerasen consigo mismo y vean su verdadero YO. Esa bestia dormida, fría, silenciosa y real. Tan real que tu piel palpita al oir su nombre. Y ... de noche, de día, sentado, conduciendo ... te llama. Si te paras un segundo, la oyes. Y estás perdido. No, ... sólo se pierden quien nunca ha llegado. Quien nunca lo ha probado.


Nunca he sido una persona valiente. Soy más bien miedoso. No soy escesivamente fuerte, ni débil. Un hombre normal. Un hombre normal, que tuvo una familia, unos hijos, unos padres, unos amigos ... gente que me quiere o me quería.

Ese hombre normal conduce, despacio... con cuidado casi siempre. Se adentra en el poblado gitano. Con normalidad, sin miedos ... a buscar la muerte. Allí se encuentra. Fiel a tu llamada. Entre bolsas, monedas, billetes, ...

Todas las miradas se entrecruzan a ningún sitio. Pereza, miedo y ansia de sufrir. Sufres, te humillas, callas y fumas ... INHALAS perdición. Polvo de color muerte. Lo mezclas o no. No es bueno ni malo, la muerte es siempre una. No hay posibilidad de escapar. La tienes para ti, dentro de ti.



A veces ... te pones a prueba. Das un paso para mezclarte con aquellos tan diferentes por fuera pero tan idénticos por dentro. Siempre igual. Llegas y te piden ... Todo el mundo necesita algo, ahora o luego. ¿qué más da?.

No tiene sentido. Los fumaderos de heroína son todos muy parecidos. Paredes de angustia. Cuatro tablas en el suelo. La gente se sienta a esperar la muerte ... ¿por qué tardará tanto en llegar?. Hablan, reviven y toman carrerilla para caer un poquito más. Nunca hay suelo.

Roban, maldicen. Muy poca gente ríe. Todos van a lo suyo, en comunión con sacar algo de los demás.

Yo todavía no soy así. Todavía no he robado ... no he robado grandes cosas. Robar si he robado.


La heroína te cambia tan dramáticamente tu escala de valores. No tienes juicio del bien o del mal. En general, en mi caso, intento sacar una mano fuera del agua. Como si respirase por la yema de los dedos.


Muy pocas veces entro a un fumadero. Y cuando lo hago ... no entiendo la razón.

Fumo en el coche. Es una evolución.


Empiezas, empecé, yendo en un autobús. Compras cierta cantidad, te vuelves al autobús ... pasa un día o dos. Planificas, y te pones. Besas el cielo. Todo esto dura exactamente lo mismo para todo el mundo: UNA VEZ.

Luego, ya no vas en autobús. Pierdes el miedo, la inocencia. Vas en coche, pero sales pitando de aquel sitio. Lleno de miedos, de preocupaciones. Fumas o esnifas en la calidez del hogar.

Terminas ... como todos. Comprando y consumiendo allí mismo. Desnudo ante todos. Sin más miedo que la cantidad de dinero que lleves.

Y es lo mismo para todos. Mientes, mientes, vives, mientes.


Hoy, más de los mismo. No llevo la cuenta. ¿Para qué?.

Tengo un amor. Una mujer que me quiere.


Hace una semana, estaba a miles de kilómetros de aquí. Estaba con ella. Desnudos en una cama. Oliendo su sudor. Pegándome a su cuerpo. Abrazando su pureza. Sintiéndome vivo.


Hoy ... aquí esto. Con mis planes inacabados. Pensando que por una vez ... por esa vez que nunca termina.


Tendría que ser sincero conmigo. Darme un tiro. Acabar. No valgo.


Vagas palabras.

Para un fin.




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